Nunca es tarde: de Villa Ramallo a Australia, la historia de Sarita Pereira

Radicada desde hace tres años y medio en Adelaide, Australia, Sarita Pereira —ex docente de Villa Ramallo— decidió dar un giro profundo a su vida. La motivación fue tan simple como poderosa: estar cerca de su única hija, que vive en ese país desde hace años. Pero detrás de esa decisión hay mucho más que un cambio de lugar: hay adaptación, aprendizaje y una experiencia que combina emoción, desafíos y descubrimientos.

“Es una ciudad chica, podría ser la cuarta en cantidad de habitantes, pero tiene mucha vida. Es conocida por su actividad, el entretenimiento es abundante, hay festivales de todo tipo todo el tiempo, fines de semana, mitad de semana… es muy linda”, cuenta Sarita sobre Adelaide. Y agrega un detalle que la sorprendió desde el inicio: “Es de las pocas ciudades que tiene el aeropuerto internacional a 10 o 15 minutos”.

La decisión de irse no fue fácil. “Mi hija nos venía insistiendo hacía años en que fuéramos a vivir allá, y bueno, finalmente agarré viaje”, recuerda. Pero reconoce el peso emocional del cambio: “No es fácil dejar más de 80 años atrás… costó, sí. Pero está todo bien”.

Hoy, a la distancia, el contacto con Ramallo sigue vigente: “Tengo comunicación con mucha gente de allá”.

Su rutina en Australia dista mucho de ser monótona. Lejos de eso, Sarita encontró múltiples espacios de integración y aprendizaje. “No trabajo, así que organizo mis días con actividades. Los lunes voy a reuniones que organiza la municipalidad, hay programas de ciencia, arte… para gente mayor”, explica. Y destaca una iniciativa que la ayuda con el idioma: “Los martes me junto con una voluntaria en un programa que se llama ‘Chat with a Local’, para practicar inglés. El inglés que hablan es dificilísimo, hablan muy rápido, cuesta entenderlos”.

También participa de propuestas recreativas pensadas para adultos mayores: “Hay un programa con actividades todos los días del mes. Yo elijo los viernes, que hay conciertos, visitas a museos o paseos, con almuerzo incluido”.

Sobre la sociedad australiana, su mirada es muy positiva: “Son muy amables, se esfuerzan por ser agradables con los extranjeros. Hay muchísimos inmigrantes, sobre todo chinos y gente de India. Es una sociedad muy diversa”.

Uno de los aspectos que más la impactó es el orden y la seguridad. “Podés caminar por la calle tranquilo, olvidarte del resto de la gente. Delitos hay, como en todos lados, pero es muy raro escuchar cosas graves”, señala.

El respeto por las normas es otro punto que destaca: “El tránsito es muy ordenado, nadie comete infracciones. Si te quitan puntos del carnet, podés llegar a perderlo para siempre”. Y grafica la escena: “Te parás en una esquina y ves miles de autos cruzándose de forma ordenada, no lo podés creer”.

También menciona avances en cuestiones ambientales y de servicios: “La basura está totalmente clasificada, hay cuatro contenedores distintos, y el camión recolector tiene un sistema automático, lo maneja una sola persona”.

En cuanto a su vida personal, Sarita vive en una dependencia dentro de la casa de su hija, que está casada con un australiano. “Ellos están solos, los hijos ya tienen su vida. Tengo nietos en distintas ciudades, incluso una en Nueva York”, cuenta.

Para movilizarse, debió adaptarse a una realidad distinta: “No manejo porque se conduce por la izquierda. A mi edad pensé que podía distraerme. Así que uso ómnibus y Uber”.

Sobre el acceso al trabajo para inmigrantes, advierte: “Es fundamental dominar el idioma. Y hay más oportunidades en oficios como la construcción, plomería, electricidad, enfermería o cuidado de ancianos”. En cambio, señala que algunas profesiones tienen mayores obstáculos: “Las equivalencias, por ejemplo en medicina, son largas y complicadas”.

También se refirió al sistema de salud: “Hay un sistema público que cubre mucho, pero es para ciudadanos y residentes permanentes”.

En lo social y político, observa una dinámica distinta a la argentina: “Hay pocos partidos, uno más de derecha y otro de izquierda, pero no son extremos. Se van alternando y no notás grandes cambios en la vida cotidiana”.

Incluso la percepción de la economía es diferente: “Acá la gente se queja de una inflación del 4% anual. Aumentan algunos productos, pero centavos”.

A la hora de hablar de lo que extraña, no duda: “Mis amigos, la gente… y mi auto. Acá no tengo esa independencia”.

Su historia no es la más común. No responde al perfil típico del joven que emigra en busca de oportunidades, sino al de alguien que, después de toda una vida en su lugar, decide priorizar el vínculo familiar. “Cuando tenés un hijo lejos, querés estar cerca. Pero no es una decisión fácil, depende de cada uno, de las circunstancias, de la relación con los hijos”.

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