Tiene 42 años, se formó en La Plata, hizo su posgrado en España, trabajó en uno de los institutos más prestigiosos del mundo en Estados Unidos y hoy es profesor en la Universidad de British Columbia. Su recorrido, contado en primera persona, mezcla ciencia, decisiones clave y una mirada muy humana sobre emigrar.
Desde Vancouver, en la costa oeste de Canadá, Mauricio Ponga repasa un camino que empezó en Villa Ramallo y que lo llevó a recorrer universidades y centros de investigación de primer nivel internacional. “Estoy acá en Vancouver, en lo que se llama Columbia Británica, en Canadá… hace diez años que vivimos acá, nos mudamos en 2016”, cuenta.

Su historia, sin embargo, empieza mucho antes: “Yo me fui a estudiar a La Plata, ingeniería aeronáutica. Eso fue en el año 2002, con toda la crisis. Estuve ahí hasta 2008. Después me mudé a España, a Sevilla, donde primero hice un máster y después un doctorado. Eso fue hasta 2013. Y después, con mi esposa, nos mudamos a California, a Los Ángeles, hasta 2016. Y desde ahí ya conseguí esta posición en la universidad y estamos en Vancouver”.
Ese recorrido académico y profesional siempre estuvo vinculado, de una u otra manera, con la ingeniería: “Sí, más o menos con la ingeniería en general. Cuando me gradué trabajé un poquito en Techint y después me fui a hacer un doctorado. Lo que hice fue investigación en materiales estructurales, desde un punto de vista muy básico, de átomos y moléculas, y tratar de conectar eso con, imaginate, un puente, un avión o una pieza así”.

Uno de los hitos de su carrera fue su paso por el California Institute of Technology, en Estados Unidos: “Me salió una oportunidad para trabajar con una persona con la que ya había colaborado. Ese lugar es Caltech, uno de los mejores institutos del mundo en aeronáutica. Estuve en el departamento de aeronáutica y en el de mecánica, trabajando en un proyecto subvencionado por el ejército de Estados Unidos, tratando de desarrollar materiales nuevos”.
Sobre ese tipo de investigaciones, aclara: “Es un trabajo que no es secreto, pero está ahí borderline. Por ejemplo, tratamos de entender cómo una placa de acero se deforma cuando es impactada por algo que viaja a 1.5 kilómetros por segundo. Eso simula el recubrimiento de un tanque o un avión. Nosotros hacemos la parte fundamental, después las empresas usan esos modelos para diseñar”.
Hoy, instalado en Canadá, es profesor en la University of British Columbia, donde combina docencia, investigación y gestión de proyectos: “Estoy totalmente contento. Todos los días que voy a la oficina es algo diferente, me mantiene activo, pensando y tratando de resolver problemas. También tengo una parte más de management, de administrar proyectos y escribir propuestas, conseguir financiamiento para poder contratar gente y desarrollar ideas”.

Sobre cómo evolucionó su trabajo, utiliza una comparación sencilla: “La mejor analogía es que yo tengo un martillo. Con ese martillo puedo clavar clavos, pero no construyo siempre la misma casa. Uso las mismas herramientas, pero construyo cosas diferentes. Eso es lo que hacemos cuando investigamos”.
En esa línea, hoy también trabaja en el desarrollo de nuevas baterías: “Estamos estudiando cómo, cuando cargás y descargás una batería, eso genera tensiones. Y también estamos tratando de desarrollar nuevas baterías que sean más eficientes y más responsables con el medio ambiente. Por ejemplo, ver si se pueden usar materiales más abundantes que el litio o incluso efectos cuánticos para cargarlas mucho más rápido. Imaginate cargar un auto eléctrico en cinco minutos”.
Sobre el financiamiento de estos proyectos, explica: “Es una combinación entre el Estado y empresas privadas. Por ejemplo, ahora estamos intentando trabajar con empresas mineras que necesitan mucha electricidad. Y tratamos de proponer baterías que sean más sostenibles”.

También hace una reflexión sobre el rol de la ciencia: “En Norteamérica se reconoce un poco más a los investigadores, hay más recursos. Pero también creo que nosotros tenemos que explicar mejor lo que hacemos, para que la gente entienda que es una inversión que después vuelve a la sociedad”.
En paralelo, destaca algo que le llamó la atención al llegar: “Acá hay muchas más oportunidades para crear una startup. Hay inversores que están dispuestos a tomar riesgos en proyectos que quizás no generan dinero por años. Eso en Argentina prácticamente no existía cuando yo estaba”.
Más allá de lo profesional, Ponga también habla de su vida cotidiana en Vancouver: “Es un lugar muy bonito, me hace acordar mucho a la Patagonia. Tenés el mar y a 50 minutos una montaña con nieve. Hay muchos lagos, es muy parecido a Bariloche o el Bolsón. Y es una ciudad muy cosmopolita, con gente de todos lados”.

Sobre el clima, aclara: “Llueve bastante, pero eso regula la temperatura. No hace tanto frío como en otros lugares de Canadá. Acá en invierno la mínima ronda los 5 grados y en verano unos 25”.
A la hora de hablar de su origen, vuelve inevitablemente a Ramallo: “Fui a la escuela número 6 y después a la técnica. Tuve muy buenos profesores. Incluso iba a las olimpíadas de matemática y las maestras organizaban campamentos para prepararnos. Cuando fui a la universidad, muchas cosas ya las había visto. Tuve muchísima suerte con la educación que tuve”.
Y reconoce lo que más extraña: “La familia, los amigos, el asado… eso se extraña bastante. Sigo en contacto con todos”.

También comparte una mirada sobre lo que implica irse del país: “Siempre tuve metas. Quería conocer Caltech y quería vivir en Europa. Eso me empujó a buscar oportunidades. Y algo que aprendí afuera es a tener metas más altas. No pasa nada si no las cumplís, pero hay que proponérselas. A veces, viniendo de un pueblo chico, uno se limita más en lo que puede pensar”.
Hoy, con una familia formada —su esposa es española, a quien conoció en Sevilla, y tienen dos hijos—, su perspectiva también cambió: “Ahora los objetivos son otros. Profesionalmente quiero seguir creciendo, pero en lo personal me gustaría que mis hijos tengan las mismas oportunidades que tuve yo y que puedan hacer lo que quieran”.
Y cierra con una idea que resume su recorrido: “Desde un punto de vista humilde, jamás me imaginé cuando estaba en La Plata, mucho menos en Ramallo, que podía llegar a hacer esto. Pero está bueno animarse, explorar y conocer otros lugares”.
