El Juego de la Vida

Cuando la jubilación deja de ser un derecho para ser solo un sueño

Historias… Historias que llegan, historias que no dicen mucho… Y las menos, historias que conmueven, que se hacen propias. Hay historias de las que se escriben investigando al personaje, y otras que conoces cada detalle como si fueras parte.

Ella es Blanca Mazzieri… Es una adulta mayor de 63 años que espera poder jubilarse, bajo la premisa; “todo adulto mayor con sus aportes y edad necesaria, tiene el derecho a descansar de una vida trajinada, bajo el amparo de una jubilación”, pero ¿qué pasa si eso no ocurre?, ahí empieza el caos, la angustia, la incertidumbre, la decepción.

Seguramente es una historia parecida a otras tantas, pero para saberlo, debo contarles.
Mujer criada en el paraje Zino, juntando choclos con sus hermanas, bajo el sol o la helada, ayudando a sus padres, mientras iba a la escuela, teniendo al tejido como una fuente de ingreso en su adolescencia… Trabajo, siempre la cultura del trabajo presente en una familia con raíces italiana.
En su juventud, concurría a esos famosos bailes, los cuales hacían conocido al paraje en ese entonces. Se enamoró, después de una maravillosa historia, vinieron los anillos y las firmas, dejando de lado la compañía de su hermana menor, que cumplía la función de “chaperona”, ¡Qué palabra más rara para la actualidad!

Su vida matrimonial no la alejó del trabajo, las ganas de progresar hizo que la limpieza en el chalet de campo, fuera su recurso económico, junto al empleo de su esposo.
Cuando nombro trabajo en el campo, imagínense a una señora de polleras a los tobillos, a las 5 de la mañana, en plena helada ordeñando la vacas, imagínense a una señora tirándole maíz a las gallinas después de juntar los huevos, sacar los pollitos, soltar los patos, y abrirle el corral a los chanchos, imagínense a una señora adulta, como lo eran en los ochenta a los 25 años, ingresando al chalet a las 8 de la mañana, habiendo realizado, miles de tareas antes de organizar la casa a quien pagaba.
La vida a veces es dura, la vida a veces sin esfuerzo no vale nada, la vida a veces… Se lleva como se puede.
Un día cualquiera, un día como tantos otros, Blanca con varias estancias en su haber, y dos hijos pequeños en edad escolar, salió en el sulqui hacia paraíso para vender la leche, no le quedaba muchos kilómetros… Unos seis… Tal vez si hubiera ido en auto. Con la leche recién ordeñada, recaudó para las fibras y los cuadernos, que le pidieron las señoritas de la escuela a la que concurrían sus hijos, escuela a la que los mandaba a caballo, o en el coche de la seño, cuando pasaba por el frente de la estancia, la cual se encontraba a un kilómetro del camino, junto a un arroyo.
Que distinto los tiempos diría mi abuela, que distinta las experiencias a la misma edad, que distintas las circunstancias y sobre todo los pensamientos.

Blanca es buena esposa… Siempre lo ha sido, como así también madre. Crió a sus hijos, tuvo muchos animales, se ha mudado en reiteradas ocasiones, y sin duda tiene la gran experiencia de haber pasado por las órdenes de varios patrones… Algunos autoritarios, otros no tanto, y los menos queribles.
Algún día me gustaría contar esta historia con más detalles, por partes, cada año, cada década vivida, sin dudas, ha dejado miles de anécdotas en este personaje.

Hoy 2021, a los 63 años de vida de Blanca Esther Mazzieri, con los aportes necesarios, y sobre todo, el derecho a jubilarse, no lo puede hacer. Dicen los registros que está en Brasil de vacaciones… Jaja… Río, pero es para llorar, ella jamás ha salido del país, incluso conoce poco del suyo… Con el derecho a descansar después de una vida dura, con las huellas en su cuerpo, tiene que hacer pastas caseras y limpiar casa ajena para vivir… Qué injusta puede ser la vida a veces, sin dudas que injusta puede ser… En esta nota surge la subjetiva, la emoción, sentimientos como olas que abrazan al personaje.
Hoy Blanca debería poder disfrutar de las tardecita frente a la chimenea, o de un largo desayuno en estas mañanas heladas, pero debe estar enfocada en hacer y vender los ravioles, los sorrentinos o los ñoquis, que a mi parecer son la excelencia en su máxima expresión… Mientras en el organismo encargado de su merecido descanso, no ocurre demasiado, el abogado busca una salida. ¡Qué lindo sería verla disfrutar de sus cuatro nietos al cien por ciento!… ahora que todavía hay tiempo.
Blanca con un apellido que no es resonante en la sociedad, y con un poderío económico nulo, navega entre los vaivenes de un sistema que pareciera preparado para fallar. Tal vez sea un nombre ficticio, una invisible más en esta sociedad, o ¡tal vez esta señora sea tan real, que el recuerdo de lo vivido le haga doler el alma!
En esta pandemia nunca pidió un IFE, ni una caja de mercadería, le daría pudor el tener que pedir, pero sin dudas sueña con sus derechos.
Blanca sabe andar por el barro… Cómo cubrirse del sol, sabe cómo caminar en las heladas, cómo hacer garrones al escabeche, y la manteca casera, hasta incluso, sabe cómo tratar esas manos cuarteadas… Sabe muchas cosas… Pero no entiende al sistema.
Por: María Gancio.

Deja una respuesta