Aldo Alberto Gutiérrez
Como describir a la perfección aquel personaje que en su gran vida, denotó con claridad la superación personal, e intelectual junto al amor… Siempre con amor, amor por su familia, amor hacia su difunta esposa, amor por sus hijos… Y cariño hacia los más chicos. Cuando terminen de leer esta nota ya abran entendido el porqué de mis palabras…
La historia dice más o menos así.
Aldo se crió en la ciudad de Rosario, donde sus abuelos españoles, a dos cuadras del río, supieron hacerse de una nueva vida, en un país desconocido, pero en crecimiento, en busca de nuevas oportunidades.
Cuando describe la casa de chapa, recubierta en machimbre por dentro, con un gran patio, un fogón, galería, columnas de hierro y habitaciones con puertas de dos hojas, lo hace como la mejor estocada de un júbilo torero, gracias a su prodigiosa memoria, en esta charla la precisión de detalles como de fechas, nos dice que; ¡85 años no son nada!
Paso por una infancia la cual describe como maravillosa, con unos abuelos y unos padres aún más maravillosos. Familia de clase media/bien, estudio en la Escuela Superior de Comercio de Rosario, en ese último año de estudios, mientras se encontraba en la puerta de la casa de su amiga, observa que en la vereda de enfrente iba caminando el amor de su vida… El pilar que lo acompañó y sostuvo por tantos años.
Aldo siguió estudiando, y cinco años más tarde se estaba graduando en Ciencias Económicas.
Lo que vendría a continuación sería un vaivén en cuanto a lo laboral.
Comenzó trabajando en Acindar como Analista de Sistemas, después de un accidente en moto, se casó. La vida sin dudas no iba a darle la oportunidad del sedentarismo en un empleo, así que IBM en Bs. As. le abría las puertas, para después ofrecerle ser el diagramador de las computadoras en Fiplasto, en una ciudad desconocida hasta entonces.
Con un matrimonio feliz y dos hijos, nuestro Aldo comenzaba a ser adoptado por nuestro Ramallo.
La empresa para la que trabajaba se retiró, dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana, así que, quedó trabajando en contaduría en la empresa Ramallense. Sin embargo, ese no sería el fin del tobogán, comenzó a dar clases en el Instituto como favor al director de ese entonces, quien necesitaba cubrir una vacante, fue el punta pie para descubrir que le gustaba la docencia.
Con un padre docente (aunque no ejerció), una hermana docente, un tío docente, no podía quedar exento del destino que corría por su sangre. “La docencia es el regalo que me dio la vida, al fin del camino”. Mientras trabajaba, enseñaba y estudiaba Administración de Empresas.
Comenzó a abrirle su corazón a un club; Defensores de Belgrano, sin dejar de mencionar que fue en un determinado momento, parte de la subcomisión de judo del club Social Ramallo, pero el amor hacia “su Defensores” fue creciendo a través del tiempo… Como futbolista de pura sepa que es, este club le dio la oportunidad de estar ligado a ese hermoso deporte; integró la subcomisión de fútbol, fue tesorero, colaborador en el centro deportivo en la temporada de pileta, fue parte de la comisión directiva de fútbol, fue columnista de deportes en la radio Acero, tesorero de la Liga Nicoleña, como así también secretario de esa misma liga. “He dado mucho a Defensores, pero Defensores me ha dado mucho a mí”.
Hace 10 años, el club lo ganó como empleado, él cree que como compensación por sus años colaborando con el granate.
Los socios en la entrada a su deporte, o en temporada de verano, pudieron disfrutar de raudas charlas con él, quien además sabe; que a los chicos hay que escucharlos, y sobre todo entenderlos.
Los saludos en la calle, el reconocimiento de ex alumnos, los amigos que le dio la vida, denotan que “chiche”… ¡Sí! ¡Chiche! Como le decían de pequeño, ya no es tan rosarino… Es ramallense… Y es nuestro.
Por: María Gancio.

