Vivimos en una era donde cada cosa que necesitemos saber se busca al instante en cualquier aparato tecnológico a nuestro alcance, entrando a una plataforma mundial hallas miles de resultados en solo milésimas de segundos. Las películas, los libros, las escuelas y el boca a boca hacen lo suyo, pero ¿Qué tan diferente puede ser la “realidad”, a la realidad del que la padeció? Aquel que subió el contenido a la red, aquel que protagonizó la película, aquel que escribió sobre la historia, ¿lo vivió? ¿Lo escuchó en primera persona? Algún factor sociopolítico, económico o religioso ¿no modificó algún sinónimo?… ¿Alguna frase que no concordaba? ¿No creyó mejor actuar de esa forma porque le daría mayor volumen al cuerpo de la historia?… Tal vez sí, tal vez no, sin dejarme llevar más hacia ese riesgo, me di el lujo de escucharlo de la boca de aquel que estuvo en la guerra más importante para nuestra nación… Malvinas.

Carlos Adrián Sosa fue mecánico aeronáutico de la tercera escuadrilla de caza y ataque de la Aviación Naval Argentina, escuadrilla que a mitad del año 82 estaba planeado darla de baja, ya que los aviones A-4Q estaban casi obsoletos, solo 3 se encontraban en condiciones, los planes era la llegada de varios Súper Étendard (aviones más modernos y nuevos).
A fines del año 1981 las cosas de pronto comenzaron a cambiar. La guerra ya se planeaba entre los altos cargos de la armada.
En febrero del 82 los aviones que estaban por ser dados de baja, Carlos y sus compañeros comenzaron a acomodarlos para el combate… Esto da dimensión del estado de nuestra artillería para enfrentar al enemigo.
“En estos momentos estamos recuperando las Malvinas”. El 1 de abril, con esas palabras, el comandante los arengaba con el pecho inflado y lleno de orgullo estaban convencidos de que iban a hacer historia.
Comenzó la navegación con rumbo fijo hacia el heroísmo, con 1300 personas a bordo, entre ellos infante de la marina. Como bien dije al principio, artillería de caza y ataque, los dividieron en dos grupos para rodear las islas y atacar.
Carlos vio como los aviones eran derribados, se enteró como el Crucero Gral. Belgrano era hundido, con adrenalina de guerra constante, regresó a Puerto Belgrano, desembarcó en Puerto Argentino, sintió el silbido de las ojivas, temió por las explosiones que retumbaban, y se quedó sin esos borceguís secos que “cotizan fortuna”. Carlos Adrián Sosa por momentos cuenta la historia con algunas lágrimas en sus ojos, en otras oportunidades, concentrado para no dejar detalle alguno sin contar, las anécdotas parecen ser el escape a los recuerdos más traumáticos.

“¿Sabes por qué fue la guerra? Te la voy a contar; en las Islas de Georgias, había una planta de pescado, que había que desguazar, los encargados de tal tarea eran argentinos, en representación a su patria y a su empresa izaron una bandera de nuestra nación, a lo cual los ingleses lo vieron como una ofensa, como ya la inteligencia de estos había descubierto que los argentinos querían recuperar las islas, decidieron sacar a punta de pistola a los trabajadores dejándolos en territorio uruguayo, así que los ingleses por miedo a un inminente ataque llamaron a los buques de guerra, los argentinos por su parte, después del trato a esos trabajadores, y la inminente llegada de buques enemigos, se transformó en imperioso, el adelantar el ataque, que estaba planeada para octubre del 82”.
Convencido que cumplió con su rol, que hizo lo que tenía que hacer, sin arrepentirse de nada, recuerda su paso por la guerra con orgullo, habiendo visto lo que vio, y habiendo hecho lo que hizo, guarda sus recuerdos en su memoria, para en un futuro poder plasmarlo en un libro exclusivo para sus nietos.
Carlos regresó a su ciudad, buscó empleo y por ser veterano se la complicaron, buscó empleo sin decir demasiado y lo consiguió. Se casó y tuvo una hija, se separó, se mudó al sur, estuvo viviendo en Viedma y Carmen de Patagones, entre otras, se conectó a través de internet con Fabiana; “el amor de su vida” (arquitecta tucumana) viajó al norte para casarse con ella, tuvieron un hijo, el segundo descendiente de Carlos, entre las decisiones de un cambio en sus vidas, se encontraba la de regresar a “los pagos” de él.
Cada 2 de abril baja la bandera que tiene en un mástil en su casa, para luego izarla junto a sus compañeros de “Veteranos de Malvinas de Ramallo”, que él mismo precede, en el mástil de la plaza Pedro Locardi, donde está el monumento en honor a aquellos héroes. Después de extraer las estrofas del himno nacional desde lo más profundo de su pecho, en medio de un huracán de emociones, entregan la bandera a algún excombatiente o a instituciones que la merezcan, para luego ver flameando una nueva al día siguiente en su casa, en demostración que el conflicto sigue, que no se terminó.
Este veterano, en una extensa charla no solo me contó que su abrazo fue el último para su capitán, que no le gustaría volver a Malvinas por el simple hecho de que es necesario un pasaporte para pisar su patria, que le encantaría que la gente se acerque más al veterano, y los escuchen porque en un momento ellos ya no estarán para contarles las historias… Me ha contado cada detalle, con la mayor sincronicidad posible, entre sus recuerdos y la realidad de los hechos, he aprendido sobre una historia dolorosa pero nuestra, y después de todo lo escuchado, me quedo con su última frase: “regrese sin que nadie lo supiera, porque mandar una carta avisando, podía ser contradictorio para mi demora o anticipación… Pase toda una guerra, con temores, pero firme… Fuerte… hasta que abrace a mi mamá… Llore como llora un chico”.
Por: María Gancio.