“La salita es como mi casa”: la historia de Luisa Cavasassi, 20 años de trabajo y compromiso con la unidad sanitaria de Villa Ramallo
Durante más de dos décadas, Luisa Cavasassi convirtió una tarea solidaria en una verdadera forma de vida. Integrante de la cooperadora de la Unidad Sanitaria de Villa Ramallo, será reconocida próximamente por el Concejo Deliberante por su trayectoria y compromiso con la institución.
Su historia está marcada por una idea que repite una y otra vez y que resume su manera de trabajar: “Yo quiero la salita o defiendo los bienes de la salita como si fueran propios, la salita es como mi casa”, cuenta Luisa.
“Cuidamos el dinero un montón”, asegura, mientras destaca el acompañamiento de los vecinos de Villa Ramallo. “Gracias a ellos, y creo que a la buena administración nuestra, hacemos todo lo que hacemos. Nosotros no recibimos ningún subsidio. El ingreso de la salita es la cuota del socio, alguna rifa, la alcancía y los bonos”.
Para Luisa, la cooperadora funciona gracias a una comunidad que acompaña. “La cuota de socios es el acompañamiento de la comunidad. Siempre agradezco a la gente y también al personal de la salita, que con la cooperadora es espectacular”.
Una de las características que destaca Luisa es que el trabajo de una cooperadora no se hace desde un escritorio. Hay que salir, buscar precios, pedir ayuda y gestionar. “Hay que andar. Tenés que ir a la calle”, explica. “Ir a hablar con el proveedor, buscar presupuestos, pelear el precio. Como cuando uno compra algo para la casa, hay que hacer lo mismo con la salita”.
Esa forma de trabajar le permitió conseguir aportes, descuentos y colaboraciones de comercios locales. “Lo que puedo sacar algo donadito, también lo hago. Si estamos comprando pintura, por ejemplo, voy a alguna pinturería y le saco algo”, cuenta entre risas.
Actualmente, una de las obras en marcha es la renovación de un baño de la unidad sanitaria, una inversión que supera el millón de pesos. Pero no fue la única mejora impulsada por la cooperadora.
Durante estos años realizaron trabajos edilicios, compraron equipamiento, mobiliario y elementos necesarios para mejorar la atención. “Todo lo que sea mantenimiento del edificio lo hacemos nosotros. Arreglar techos, cambiar canaletas, luminarias. Se quema una lamparita y lo paga la cooperadora”, relata.
Entre las mejoras más importantes menciona la renovación de un espacio que funciona como una sala de estabilización para pacientes. “Antes una persona con un pico de presión quedaba sentada por ahí. Ahora tiene una camilla, tiene todo. Le hicimos bacha, compramos la camilla con barandas, instrumental, caja de curaciones, balanza. Todo eso lo compró la cooperadora”.
También recuerda inversiones importantes como el sillón odontológico, que tuvo un costo de más de cinco millones de pesos y fue adquirido gracias a una rifa, además del arreglo del torno odontológico y la compra de equipamiento médico.
Entre los recuerdos que conserva Luisa hay un pequeño cuaderno donde anota cada compra realizada por la cooperadora. Allí quedan registradas facturas, elementos adquiridos y entregas realizadas. “Yo me anoto lo que compramos nosotros. Cuando entrego algo hago firmar el cuadernito para tener el control de que lo entregué”, explica.
Incluso cuenta cómo se maneja el dinero de las alcancías: “Cuando voy a abrir la alcancía hago un acta con dos testigos. Firmamos los tres, deposito el dinero en el banco y entrego toda la documentación. Así tiene que ser, más transparente”.
Aunque al principio pensaba que llevaba unos 15 años, el propio cuaderno terminó revelando que su participación comenzó mucho antes. “Este cuaderno es del 2006, pero antes ya estaba. Así que hace más de 20 años”, reconoce.
Durante todo ese tiempo compartió trabajo con diferentes integrantes de la comisión y destaca especialmente el acompañamiento de la comunidad. “La gente siempre nos ayudó. Siempre. Y ven las mejoras en la salita”, afirma.
Ahora la cooperadora atraviesa un proceso de renovación con la llegada de nuevos integrantes. Luisa entiende que es necesario dar lugar a gente joven, aunque admite que será difícil alejarse. “Si me quedo enganchada otra vez no dejo más”, dice entre risas. “A esta edad hace falta estar en movimiento, pero también hay días que protesto porque es una cosa de locos”.
Después de tantos años, Luisa asegura que el mayor reconocimiento no está solamente en una placa o un homenaje, sino en saber que el trabajo realizado tuvo un resultado concreto. “Yo me llevo la tranquilidad de que trabajé bien, honesta, honesta, honesta. O trabajamos bien. La cooperadora hizo lo que tenía que hacer”.
Y antes de cerrar la charla deja un mensaje para quienes continúan el camino: “Hay que andar. Tenés que ir, estar presente y poner la cara”.

