¡Dame la mano para que no me vuele!
He escuchado por ahí a una maestra, en su afán de llevar emoción a los presentes; hablar sobre el viento; Que el viento desordena y arrasa, que algo susurra, pero no se le entiende, que a su paso todo peligra, hasta aquello que tiene raíces… Citando a Liliana Bodoc, nos transporta a la idea de que la vida se comporta de esa manera, en el juego de los vaivenes, más transformadores, aterradores y bellos por los que podamos pasar.
Que la idea de la incertidumbre es tan normal, como el vivir cada día de nuestras vidas, como una aventura que pareciera por momento llevarnos hacia la monotonía de lo perpetuo, de la rutina, pero que solo es una encrucijada más, a espera de lo que de nuevo, de lo que tendremos que sortear.
Buscar explicación a lo que el destino caprichoso nos tiene preparado, sería un juego de niños al libre albedrío… Jugándolo sin leer las reglas que se ocultan al final de la caja.
Es vivir, despeinarse, disfrutar de esa elevación por lo monótonamente inexplicable y terrorífico, que la vida siendo parte de ella, nos está jugando… Es adaptarse y sostenerse ante la creciente corriente en Barrow Australia, ante una ráfaga de 408 kilómetros por hora, y caer solo en la idea de que es una simple experiencia más, de la que aprenderemos, de la que sacaremos lo bueno y desecharemos lo malo, aunque el recuerdo de eso último lo llevemos por muchísimo tiempo con nosotros, será sin dudas parte de las cicatrices que la oscilación nos ha dejado.
Hoy quiero asegurarme de que entendí la razón de mis lágrimas, la razón de mis enojos, la razón de mis emociones que pensé que tenía bien ocultas, y puedo gritar, y enojarme, pero es más sano entenderlo… Entendí que los vientos son necesarios, que las sacudidas son las reglas, que por más que duela es tan inevitable como el respirar de uno mismo. Aprendí a estar lejos de los que extraño, pero que otros se han acercado, y no importa la manera, no importa si es por un monitor… Por un teléfono o a dos metros, lo que importa es que ahí estamos… Sonriendo ante los ojos que no vemos, escuchando voces sin labios, y sintiendo que el huracán lo tenemos dentro mientras golpea en nuestro pecho 85 veces por minuto.
Es levantarse y agradecer a esa mano invisible que me lleno el buzón, cuando pensé que todo estaba perdido, es agradecerles a aquellos que en la distancia hacían de un hola lo mejor… Es decirles que se han ganado en mí, a la mano que los sostendrán si así lo desean, por más que el viento sople fuerte… Agradezco por este año lo que me enseño, por supuesto que si estuviera en mis manos, no dejaría que el mundo pase por las penurias de una pandemia, pero pasó… Pasó y lo viví… Aprendí… Hoy elijo mirar ese medio vaso lleno y agradecer lo que las penas me enseño… Me enseñó que no estoy sola, que muchos piensan en mí, que creen en mí, que sienten que también me pueden sostener.
En este último sábado del año me gustaría decir muchos gracias; Gracias “Radio Meta”… Gracias seños… Gracias a aquellos que me han dado la oportunidad sin siquiera conocerme… Gracias compañeros, amigos, y sobre todo familia. Me encantaría ponerles nombres y apellidos, pero en el temor de olvidar, me angustiaría saber que así pasó.
Cuando los vientos sean tan fuertes como para traer algo malo, que sea tu enseñanza que nunca estás solo y de eso harás lo bueno.
Por María Gancio

