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“Quiero conocer todos los mares del mundo”: la increíble vida de un ramallense que trabaja navegando entre el Caribe y Europa

Leandro Ojeda atiende el teléfono desde Mallorca, España, aunque en ese momento no estaba precisamente en una ciudad ni en un puerto turístico. Estaba en el campo, cuidando el perro de un amigo que había viajado a Alemania. “Estoy en una casa con una vista increíble, en el medio del campo, cuidando un cachorro”, cuenta entre risas.

Y enseguida reconoce que todavía hay momentos en los que mira alrededor y no puede creer la vida que le tocó construir en los últimos años. “A veces miro y agradezco. La vida de locos que tenía antes y la que tengo ahora son totalmente diferentes”, dice.

Hace siete años dejó Argentina y desde entonces su vida se convirtió en una sucesión de viajes, trabajos, mudanzas y aventuras que lo llevaron por Andorra, Madrid, Barcelona, Ibiza, Malta, Grecia, Italia, el Caribe y decenas de islas que ni siquiera sabía que existían antes de conocerlas.

Su historia comenzó en Madrid, cuando un amigo argentino que vivía allí lo invitó a trabajar en un restaurante. “Estuve un mes trabajando y me di cuenta de que eso no era lo que quería», recuerda.

Entonces apareció Andorra. Allí vivía su hermano y decidió probar suerte. Consiguió trabajo como cocinero en un restaurante de montaña y empezó una nueva etapa completamente distinta. “Subía a trabajar a la montaña y perfeccioné mucho el esquí. Vivía rodeado de nieve y naturaleza. Fue una experiencia increíble”, cuenta.

Pero el espíritu inquieto siguió empujándolo hacia otro lado. Regresó a Argentina para hacer cursos de seguridad marítima que habilitan para trabajar en barcos y volvió a Europa justo antes de la pandemia. “El COVID me agarró en Andorra. Cuando abrieron las fronteras decidí no volver a Argentina porque veía todo muy complicado”, explica.

Así terminó en Mallorca, una isla española del Mediterráneo donde pasó meses sobreviviendo con ahorros mientras intentaba conseguir trabajo sin ciudadanía europea. “No tenía pasaporte comunitario y conseguir trabajo era muy difícil. Pero vivíamos a cien metros de la playa y la vida era hermosa igual”, recuerda.

Tiempo después llegó una de las experiencias más particulares de su vida: trabajar en un yate de lujo en Ibiza. “Allí cocinaba y también hacía tareas de marinero. Eran charters privados para famosos, empresarios o gente con muchísimo dinero”, relata.

En ese barco conoció artistas, deportistas y celebridades. “Recibimos a Bizarrap, al Duki, jugadores de la NBA, jeques árabes. Era un yate de unos 35 metros y pasábamos el día navegando por Ibiza y Formentera”, cuenta.

Los pasajeros contrataban motos de agua, fiestas privadas y almuerzos exclusivos mientras la tripulación se encargaba de todo. “Había días en los que me tocaba cocinar y otros en los que hacía trabajo de marinero. La verdad que era una experiencia increíble”, dice.

Sin embargo, en Ibiza también apareció una dificultad importante: el idioma. “La mayoría de los clientes hablaban inglés y yo apenas sabía decir mi nombre y mi edad”, reconoce.

Por eso tomó la decisión de irse a Malta a estudiar inglés. Ahí pasó un año y medio estudiando y trabajando. Primero en cocinas y después en bares y restaurantes. “Al principio me juntaba mucho con gente hispana y me costaba aprender. Hasta que conseguí trabajo como camarero y tuve que perder la vergüenza y empezar a hablar sí o sí”, recuerda.

Incluso terminó trabajando como encargado de salón en una coctelería de La Valeta, la capital maltesa. “Yo nunca había trabajado como camarero, pero dije que sí igual y aprendí sobre la marcha”, cuenta entre risas.

Esa decisión le abrió nuevas puertas y le permitió regresar al mundo náutico con mejores oportunidades laborales. Después de renovar sus certificaciones marítimas en Mallorca, consiguió trabajo como cocinero en un velero que recorrió gran parte del Mediterráneo. “Salimos de Mallorca, fuimos a Cerdeña, Sicilia, Malta, Grecia, Nápoles, Roma, Cinque Terre… fue una locura”, relata.

Durante meses vivió prácticamente arriba de un barco. La experiencia, asegura, tiene una mezcla de exigencia extrema y privilegio absoluto. “La vida arriba del barco no es fácil. Estás al servicio de otra gente todo el tiempo. A veces arrancábamos a trabajar a las cinco de la mañana y terminábamos muy tarde”, explica.

Pero inmediatamente agrega: “Me levantaba todos los días y estaba en un paraíso distinto. Eso compensa todo”.

La aventura continuó después en el Caribe, trabajando en un catamarán de lujo que recorrió durante meses distintas islas de la región. “El dueño quería llegar hasta Los Roques, en Venezuela, pero cambiaron los planes y empezamos a recorrer todas las islas del Caribe”, cuenta.

Pasó por Antigua, Curazao, Granadinas, Islas Vírgenes Británicas y otros pequeños territorios perdidos en el mar. “Hay islas que yo no sabía ni que existían. Algunas son tan pequeñas que las recorrés caminando en diez minutos”, dice.

Y describe escenas que parecen sacadas de una película. “Llegás a islitas donde hay solamente un bar, unas palmeras, un muellecito y un mar turquesa increíble alrededor. Son cosas muy locas”.

Más allá de las fotos paradisíacas y las aventuras, Leandro insiste en que detrás de todo hubo decisiones difíciles y mucha incertidumbre. “A veces te toca vivir muy bien y otras veces dormir toda una temporada en un sofá. Pero yo elegí esta vida”, afirma.

Según explica, gran parte de la diferencia está en animarse a salir de la zona de confort. “Muchos amigos me dicen que no podrían vivir así. Y yo los entiendo. Pero el tema no es tener acceso, el tema es animarse”, sostiene.

También asegura que cambiar constantemente de país, trabajo y entorno lo mantiene activo. “Cada vez que llegás a un lugar empezás de nuevo. Y eso a mí me mantiene joven de cabeza”, dice.

Actualmente ya tiene ciudadanía italiana, lo que le permite moverse libremente por Europa y acceder con mayor facilidad a trabajos vinculados al mundo náutico. “Ahora quiero empezar a trabajar más freelance, por proyectos. Llevar barcos de un lugar a otro, subir y bajar”, explica.

Durante la entrevista, Leandro también habló de su vida personal y de cómo influyó su familia en esta nueva etapa que decidió emprender.

Contó que durante muchos años llevó una vida completamente distinta, formando una familia y trabajando en Argentina antes de iniciar este camino de viajes y aventuras por el mundo. “Yo ya tuve esa vida más estable, más doméstica, como la tenemos todos los humanos”, reflexionó. “Viví veinte años así, tuve mi familia y tuve a mi hija, que es lo más lindo que me pasó en la vida”.

Lejos de mostrarse distante, explicó que esta etapa de viajes también fue una decisión hablada y entendida dentro de su entorno familiar. “Lo hablé mucho con mi hija. Ella ya está casada, está viviendo su historia y yo ahora siento que tengo que vivir la mía”, expresó.

“Mi sueño es conocer todos los mares del mundo”, asegura. Y cuando habla del futuro, la idea aparece clarísima. “Si puedo dar la vuelta al mundo cocinando y navegando, sería increíble”.

Mientras tanto, entre viajes y aventuras, hay algo que sigue extrañando profundamente de Ramallo. “Extraño pasar por la casa de un amigo sin avisar, tocar timbre y entrar. Acá eso no existe. Todo hay que organizarlo”.

Y aunque hoy su vida transcurre entre puertos, barcos y mares lejanos, sigue sintiendo que Ramallo forma parte de él. “Estoy viviendo la vida que siempre quise vivir”, concluye.